La trampa del crecimiento infinito
El crecimiento es bueno hasta que deja de serlo. Hay un tamaño óptimo para cada negocio, y superarlo puede destruir exactamente lo que lo hacía valioso.
El mandato del crecimiento
Crecer es el imperativo no cuestionado del mundo empresarial. Más clientes, más ingresos, más empleados, más oficinas. El crecimiento se presenta como evidencia de éxito y su ausencia como señal de fracaso.
Esta narrativa tiene sentido para ciertos modelos de negocio, especialmente aquellos financiados con capital riesgo que necesitan escalar para justificar sus valoraciones. Pero no es la única forma de construir un negocio viable.
Los costes ocultos de crecer
Cada nivel de crecimiento trae complejidades nuevas:
Con más empleados llegan capas de gestión, reuniones de coordinación, políticas de recursos humanos, problemas de comunicación interna.
Con más clientes llega la presión de estandarizar, de convertir el servicio personalizado en proceso repetible, de sacrificar profundidad por amplitud.
Con más ingresos llegan más gastos fijos, más dependencia de mantener ese nivel, menos flexibilidad para experimentar o cambiar de dirección.
El tamaño óptimo existe
Para cada negocio hay un tamaño donde las cosas funcionan especialmente bien. Suficientemente grande para ser viable, suficientemente pequeño para mantener lo que lo hace especial.
Un restaurante con tres mesas puede ofrecer una experiencia que uno con treinta no puede replicar. Una agencia de cinco personas puede conocer a cada cliente de una forma que una de cincuenta no puede mantener.
El error es asumir que ese tamaño óptimo es solo una etapa de paso hacia algo mayor.
Crecer hacia los lados
La alternativa al crecimiento vertical no es el estancamiento. Puedes crecer en profundidad de conocimiento, en calidad de servicio, en satisfacción de clientes, en rentabilidad por proyecto.
Puedes crecer en libertad: elegir mejor tus proyectos, trabajar con mejores clientes, dedicar tiempo a lo que realmente importa.
Puedes crecer en impacto: hacer trabajo que realmente marca diferencia, aunque sea para menos personas.
Señales de que has superado tu tamaño óptimo
El trabajo empieza a sentirse como gestión en lugar de creación. Pasas más tiempo coordinando que haciendo.
La calidad empieza a depender de procesos en lugar de personas. Los clientes se convierten en números.
Pierdes contacto con el trabajo real. Las decisiones se toman lejos de donde ocurren las cosas.
No hay nada malo en crecer si el crecimiento sirve a un propósito. Pero crecer por crecer, sin preguntarse hacia dónde y por qué, es una forma de perder exactamente lo que hacía valioso al negocio original.
A veces la decisión más valiente es decir: estamos bien así.